ZOMBIVAL: Entrada 7

El amanecer empezaba a clarear el cielo, una ligera niebla dejaba entrever el paisaje, una figura estaba sentada en la vía de servicio. Entre él y la ciudad, la autovía. No había visto a nadie desde que salió de su casa, hasta ahora.

Con la penumbra del día que empieza, se podían divisar coches parados de cualquier manera entre la neblina, algunos en el arcén y alguno volcado. Una furgoneta del servicio de mantenimiento de la autopista había chocado contra la mediana y estaba panza arriba, se podían adivinar las formas de más coches en el otro lado, parados.

Luego estaba ese rumor, un arrastrar, y los quejidos, como si un asmático intentara coger aire forzadamente. Eran ellos, caminando entre los coches.

Se quitó las gafas, limpió unas motitas de polvo y se las puso otra vez. Abrió la bolsa de deporte que descansaba a su lado, dentro. Una escopeta de repetición, dos botes de garbanzos, un paquete de tres latas de atún, un botellín de agua, varios cartuchos de escopeta sueltos, una linterna, unas manzanas. Lanzó un suspiro; Vaya inventario más mísero comparado con el que tenía el día anterior en su casa.

Decir que estaba muy deprimido hubiera sido quedarse corto. Fran cogió una manzana y empezó a mordisquearla.

Escuchó el ruido el motor de otro coche que llegaba por la izquierda. El vehículo esquivó a uno de los peatones que había en la calzada. El conductor debió pisar el freno a fondo, porque el coche chirrió durante treinta metros, culeando de lado izquierdo hasta que se detuvo al lado de una furgoneta Toyota. El conductor del coche, un hombre bien trajeado, salió con el chaleco reflectante puesto y mirando a su alrededor perplejo, pasó por la parte de atrás del todo terreno, que tenía el morro destrozado.


— ¿Hay alguien?... ¿Señora se encuentra usted bien?... ¡¡Voy a coger el botiquín del maletero!!.

Fran oyó un alarido y después varios chillidos histéricos. La primera vez que había visto como ocurría había dado un respingo, ahora ya no, este era el sexto desde que estaba ahí sentado. Siguió mordisqueando la manzana perezosamente.

Los acontecimientos de las últimas horas habían obrado en él muchos cambios…”¿Por qué intentar forzar la vista en la línea del horizonte, cuando por el rabillo del ojo apenas ves a dos metros?”. Seguir fustigándose así era como tapar la vía de agua del Titanic con un tapón de corcho. Era inútil, realmente no le servía de solución. Tenía que ser más práctico e inteligente, debería aprender y adaptarse.

Se maldecía por no haberlo previsto. Ese había sido su trabajo, calculaba porcentajes, estudiaba cifras, cerraba pólizas de seguros millonarias. Y no había sido capaz de preverlo. Tenía que haberlo previsto o al menos considerarlo, hablaban de ello en las noticias todos los días desde hacía una semana.

“¿Qué posibilidades hay de que los bomberos dejen arder una casa de tu urbanización?” En teoría ninguna, pero lo de hacia unas horas ya sentaba un precedente que Fran debería de estudiar para futuros análisis. Lo había visto, desde la divisoria donde se sentó la noche anterior. Y ahora en la autovía. Pensó en el asco que le dieron en su día las películas de casquería donde los caníbales muertos, “¿zombis?”, convertían el mundo en un matadero. Algo fantasioso y sumamente improbable.

Improbable, ahí estaba el truco del asunto. El tipo del traje se acababa de levantar y daba vueltas en círculo.

Con toda probabilidad esto tenía que ser una pesadilla. Si no lo era, simplemente es que estaba muerto, y ya que no veía a su hijo por ningún lado esto no podía ser el cielo. Así que sin duda estaba en el infierno, o quizás un poquito más abajo.

En el ascensor de su existencia, el destino acababa de pulsar el botón del subsótano del averno más negro que pudiera imaginar. Y descendía a una velocidad vertiginosa. De un vistazo contó los vehículos y a todos los pellejos animados que tenía a la vista, los que estaban mas allá de la niebla los dejó en incógnita. Tuvo en cuenta los seis nuevos engendros contagiados en escasos diez minutos, los incluyó en una progresión aritmética para una semana…

A punto estuvo de soltar una retahíla de tacos, pero se contuvo.

Era más probable que una llamarada solar mandara a la tierra a la edad de piedra que no que un asteroide causara una hecatombe planetaria. Un virus “zombi” tenía unas probabilidades de risa respecto a los dos casos anteriores.

Por otro lado pensó que desde el momento que le damos a algo, un porcentaje de que no suceda, estamos otorgándole una probabilidad por pequeña que sea para que ocurra.

Así pues, visto lo que estaba pasando, con toda seguridad en un plazo de tiempo “breve” podía caer del cielo cualquier cosa. Pensó en ello. Podría ser incluso hermoso, de todas maneras el mundo ya se estaba yendo a la mierda, así que ¿Qué más daba que quinientos kilos de roca galáctica decidieran estamparse por aquí cerca?

Se puso en pie y se acercó a la valla que separaba la autovía del camino de servicio.

Una de esas cosas de la autovía consiguió pasar por encima del quitamiedos, después de mucho intentarlo y teniendo en cuenta que pasar no describía su acción exactamente, ee había caído al otro lado y vuelto a levantar. El tipo llevaba el uniforme de los empleados de la autopista, con un trazo de sangre en diagonal en el pecho. No se podía ver mucho más, aunque la cara parecía quemada. Volvió a caerse en la bajante de aguas y ahora caminaba los seis metros de cuestecita hasta la valla.

— Pronto todo esto será tuyo.— le dijo Fran levantando la manzana mordisqueada.

Se lo quedó mirando, interesado. Por un momento pensó que no todos los días se ve desde primera fila la evolución de una especie.

Le tiró lo que quedaba de manzana y volvió donde estaba su bolsa.

El sol estaba saliendo y tenía que llegar a Mutxamel, como mínimo, para abastecerse. Si todavía llegaban coches hasta aquí es que nadie había dado ningún tipo de alarma. Con la neblina no veía hasta donde podía estar cortada la autopista debido a los vehículos accidentados.

Miró hacia la derecha, sabía que la autopista seguía y tenía una salida que la unía con la N-340, a esa altura. Allí no había vallas, así que esos seres podrían campar a sus anchas.

Miró a la izquierda, a unos kilómetros estaba el peaje, demasiado lejos, además si cruzaba la autopista algún coche podía atropellarle. Quizás esa depresión del terreno, que había doscientos metros hacia la izquierda, tuviera un paso de aguas que le llevara al otro lado sin tener que pasar por encima de la autovía.

Calculó las posibilidades y se fue hacia la izquierda maldiciendo, definitivamente no estaba preparado para un fin del mundo de este calibre, tanto caminar empezaba a ser agotador.

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