ZOMBIVAL: Entrada 9

María abrió los ojos. Tenía un enorme dolor de cabeza y se sentía desorientada. Una colcha de hospital la cubría casi por completo, en la cama donde estaba entraba un poco de luz por la ventana. Estaba amaneciendo. Miró a su alrededor, la habitación era bastante pequeña con las paredes pintadas de un blanco sucio.

Cuando la trajeron la noche anterior, la habían llevado al edificio gris, donde se situaban los laboratorios de análisis. Se habían habilitado dos plantas en desuso para hospedar a las personas en cuarentena así que estaría en el tercer piso. Le habían dado algún tipo de sedante.

No había rastro de sus cosas por ningún lado aunque alguien había tenido el detalle de dejarle en una silla unos pantalones, una camiseta y unos zuecos de enfermera. Buscó su teléfono móvil, pero tampoco estaba. Pensó en salir al pasillo a ver si alguna enfermera le dejaba llamar a través de la linea de la centralita. Tantas pegas empezaban a fastidiarle, prefería no pensar en lo sucedido el día anterior, eso acabaría de romperle los nervios.


Intentó recogerse la melena morena y cayó en la cuenta de que no tenía ni una triste goma. Una vez vestida corrió la cortina color amarillo que cubría la ventana. Unos policías antidisturbios sitiaban el edificio, había gente observando desde la otra acera. Se apartó de la ventana y fue caminando hacia la salida.

Abrió poco a poco la puerta. Asomó un poco la cabeza y vio un pasillo de suelo de terrazo blanco con varias puertas a los lados y una zona con una gran puerta que daba al ascensor y a las escaleras.

Un chirrido continuado venía de esa zona, avanzó de puntillas. Estaba a unos siete metros del rellano del ascensor, allí se alzaba un mostrador.

Enfocó la vista, un bulto sobresalía a la altura del suelo en una de las habitaciones situadas al final.

— ...pst ...

Se quedó quieta.

— ¡Pst!...

A tres metros de ella, la puerta de una de las habitaciones se encontraba entreabierta, lo justo para ver una cara al otro lado. Una tez morena, un rostro nervioso. Le hacía gestos con la mano.

—  ¡Ven aquí rápido!

María se acercó titubeando poco a poco, miró hacia el pasillo y una silla de ruedas apareció quejumbrosa del rellano del ascensor, atravesando los tres metros de ancho del pasillo hasta chocar contra el mostrador.

En el momento del impacto, un hombre abrió la puerta de golpe y la agarró del brazo ocultándola en la habitación, aunque llamar habitación a eso era ser generoso en exceso. Se trataba de un cuarto de limpieza repleto de cubos, fregonas y detergente, con una estantería para ropa de cama y una salida al fondo que sin duda conectaba con el mostrador. Aparte de ellos dos, había tres personas más. María intentó decir algo pero le taparon la boca. Algo estaba arrastrándose por el suelo del pasillo.

Una señora de tobillos muy gruesos y un grave problema de retención de líquidos se arrastraba por el suelo usando los brazos, de uno de ellos aún llevaba el bolso colgado. Como si de un caracol se tratara, manchaba el suelo con un líquido entre rojo y marrón, que olía a letrina de penitenciaría.

—  La pinche polilla ya chupó faros.—  Dijo el hombre.

— ¿Como?—  preguntó perpleja María

—  Que la señora ya expiró.

—  Pero está en el pasillo moviéndose, ¿como lo sabe usted?.

—  Yo les escribo la carta para San Pedro... certifico defunciones.—  contestó  tendiéndole la mano.—  no nos han presentado, Licenciado Jesús José Charro Prieto, médico de urgencias. Llámeme Jesús.

Jesús miro a los otros tres.

— El grandote de las gafas es Miguel, es celador.—  señaló a un hombre de unos 50 años y una envergadura de jugador de Rugby, con un pijama de tela azul.—  Ella es Laura, lo suyo son los análisis, si no fueras tan puntual ahora estarías en casa.—  Le reprochó Jesús con una mueca de tristeza mientras ella suspiraba.—  Y por último creo que conocerá a Pedro, es vecino suyo, vino con los autocares.

María los miró a todos, especialmente a Pedro que llevaba unos pantalones de tela verde, como los de quirófano, salpicados de marrón.

— Me llamo María .—  Saludó tímidamente

"Chaparrita cuerpo de uva, benditos los árboles que cortaron para hacer la cuna donde te mecieron". Pensó Jesús.

— Bueno ahorita vamos a picarle, parece que solo está la polilla en la planta, agarren lo que puedan.- dijo sacudiendo la cabeza como para despejarse las ideas.

Abrieron la puerta que daba al mostrador, caminaron agachados llevando escobas y mopas. Se acercaron a la recepción de planta, Miguel se asomó por encima para ver a la vieja del suelo.

— Creo que si salimos por el lado podremos llegar a las escaleras.—  reflexionó Miguel.

—  Órale pues, una dos y tres.—  dijo Jesús mientras salía por la izquierda del mostrador, seguido por Pedro,  Miguel y los demás.

La vieja la agarró a Laura por el tobillo, haciéndola caer de bruces. María empezó a golpear con la escoba a la señora.

Los tres hombres se detuvieron en seco al ver la escena. Jesús cogió las manos de Laura y tiró de ellas para llevársela a rastras, Pedro volvió hacia el mostrador, Miguel llevaba una mopa de grandes dimensiones y como si estuviera dándole brillo al suelo, presionó por debajo a la anciana y haciendo palanca le dio la vuelta. Cuatro metros de intestinos se desparramaron por el suelo mientras la señora, sin parar de babear, nadaba entre sus tripas. Aún así, seguía agarrando con las dos manos el tobillo de Laura.

Pedro cogió con fuerza el monitor CRT de 19 pulgadas que reposaba en el escritorio y tras un tirón para liberar los cables, dejó caer los quince kilos de aparato sobre la cabeza de la anciana, aplastándola y esparciendo sesos a un metro de distancia.
—  No podía estar viva, estaba muerta.

—  La gente no puede caminar con las tripas fuera.

—  Yo no la he visto caminar...

—  Bueno... arrastrarse.

—  No saldremos de aquí con vida.

—  Déjense de chingaderas, por aquí se pone cabrón y nos quedan dos plantas para llegar a la calle.

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