ZOMBIVAL: Entrada 11

Cuatro personas salían por la puerta de la rampa, algunos con la ropa desgarrada y todos con manchas de sangre en alguno u otro lado caminando como desorientados, como en estado de shock.

Uno de los policías alzó un megáfono y empezó a dar órdenes.

— ¡¡¡Señores, pasen al patio vallado que está al otro lado del edificio, están ustedes en cuarentena, no pueden salir del edificio!!!

Los cuatro siguieron avanzando.


Un agente lanzó un bote de gas lacrimógeno al suelo, entre la puerta del edificio y el compacto grupo de escudos antidisturbios. Solía ser una buena medida, normalmente la gente retrocedía con los lacrimógenos.

Empezó a crecer la nube de humo, cualquiera dentro de ella que no tuviera puesta una máscara con filtro de carbón vegetal activado o no llevara unas gafas protectoras, empezaría a llorar por la irritación de los ojos y vías respiratorias.

Las figuras quedaron tragadas por el humo y los antidisturbios retrocedieron unos metros.

En ese momento, en la planta baja, una veintena de figuras caminaban renqueando por los pasillos y por las escaleras que daban a la entrada, dirigiéndose hacia las puertas. El edificio olía a humo, algo se movió al fondo del pasillo y lo atravesó corriendo de punta a punta. Empujó a una de las figuras con el hombro al pasar por su lado y se paró en el hall a escasos tres metros de la puerta, medio agachado como escuchando. Llevaba botas militares manchadas de vísceras, los pantalones de camuflaje estaban empapados casi por completo y tenían un color granate oscuro. La camisola, también de camuflaje, estaba desabrochada, dejando el pecho del hombre al descubierto, salpicado de sangre. Sus dientes rechinaban y se rascaba el brazo con violencia, como si le ardiera. Otras figuras se acercaron por el pasillo. Empezaron a avanzar hacia la puerta, hacia la salida.

Una hombre salió corriendo de la nube de humo y estrellándose frontalmente contra los escudos, dejó una mancha roja en uno de ellos y cayó al suelo. La pared de escudos se abrió un momento después del impacto, dejando pasar a uno de los policías con una porra, que empezó a golpear a la persona que yacía en el suelo, una, dos, tres veces... sin oír los gritos de advertencia de sus compañeros. Cuando levantó la vista, otro hombre acababa de salir del humo y lo agarró por la cabeza.

La pared de escudos avanzó para ayudar a su compañero, al tiempo que más personas salían del humo.

Brujo y Taco miraron la escena petrificados, a unos cien metros del edificio Gris hasta que el grito de unos policías que hacían guardia en la puerta de entrada al recinto, al lado de la valla, les sacó de su estupor...

— ¡Ayudadnos a mover ese coche!

Dos furgonetas cerraban la entrada del hospital por ese lado. Con un par de órdenes secas Brujo y sus compañeros se acercaron a ayudar a los dos policías y volcaron un coche para acabar de cubrir el hueco por completo.

Mientras tanto, las cosas en el interior del recinto iban a peor. El antidisturbios de la porra estaba en el suelo sin el casco, agonizando y sangrando por la cara. Los demás agentes intentaban bloquear a los que salían del edificio de cuarentena a porrazos. Formando un corrillo, les apaleaban. Otra mujer, vestida de médico, estaba subida a horcajadas encima de un policía, e intentaba por todos los medios sacarle el casco, retorciéndole la cabeza hacia los lados. Dos agentes intentaron liberar a su compañero del brutal ataque, sin conseguirlo.

Los bomberos huían hacia la entrada del hospital, cuesta arriba, mientras pedían auxilio a gritos, seguidos por tres figuras que corrían salidas del humo, una de ellas en traje militar.

Los policías en reserva del parking del hospital desenfundaron sus armas y echaron a correr hacia el hall.

La muchedumbre surgía en oleadas imparables a través de los restos del humo amarillo, sepultando a su paso a los agentes que pretendían detenerla.

Los policías que estaban al otro lado de la valla gritaban, parecía que lo hicieran para no oír los gritos de angustia de sus compañeros luchando por su vida y los gemidos de los heridos. El incendio ya estaba fuera de control a partir del cuarto piso y amenazaba a extenderse a todo el edificio.

— ¡¡Disparad, disparad!!.—  Gritaba uno de los inspectores al ver como otro antidisturbios sucumbía ante tres atacantes que lo despojaban de parte de sus prendas y empezaban a morderlo, en brazos y piernas.

— ¡Ustedes también!.—  Le ordenó el inspector a Brujo.

Primero sonaron los disparos impactando contra los cuerpos y después el ruido de los cuerpos al caer, sin embargo algunos de ellos se volvieron a levantar con torpeza. Brujo estaba quieto mirando hacia la entrada del hospital por encima del coche que bloqueaba el paso.

Hubo una enorme explosión en la quinta planta, un almacén de botellas a presión cargadas de hidrógeno y otros gases usados en los laboratorios acababa de saltar por los aires debido a la sobrepresión causada por el calor del incendio. La fachada de ladrillo cayó y partes del edificio se desplomaron encima del grupo que luchaba por su vida.

Los policías que habían estado disparando detrás de la valla se encogieron al oír la deflagración. El polvo llenaba el aire y miles de papeles caían revoloteando como confeti desde el edificio.

Taco, Animal y Brujo, estaban sentados apoyando la espalda en el coche que acababan de volcar y se miraron entre ellos.

— ¿No era ese Chinche? El que corrió hacia el hospital....—  Le dijo Taco a Brujo mientras sacaba el cargador y comprobaba la munición que le quedaba en la pistola. Era el único que había disparado de los tres.

— La policía se encargará de esto. Vamos tras él.— Ordenó Brujo.
Corrieron por el parking hacia la entrada al hall del Hospital Universitario. Los fusiles HK G36 apuntaban hacia delante como un dedo acusador.

Llegaron a las puertas apenas medio minuto después de que entraran los agentes, a la izquierda una enfermera histérica gritaba desde el mostrador de recepción. En el suelo, delante de ella, un hombre ya mayor yacía con una fea herida en el cuello, con espasmos y temblando en medio de un charco de sangre. A lo largo de la sala, un puñado de personas aterrorizadas se acurrucaba contra las paredes. Uno de los policías cubría la entrada del pasillo con la pistola en una mano mientras intentaba comunicarse por radio con sus compañeros.

Un disparo sonó al fondo. La gente se encogió todavía más, el policía se cubrió detrás de una puerta al tiempo que dejaba caer la radio para empuñar su arma con las dos manos. Brujo señaló el pasillo y avanzaron.

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